La doctora le entregó a Amanda la receta médica de Noah y le explicó, con esa calma práctica de quien ha visto demasiados sustos en urgencias, el horario de los medicamentos y la importancia de no quitarle el cabestrillo por “solo un ratito”. Amanda asentía sin discutir, aunque por dentro seguía temblándole el alma, como si el miedo se le hubiera quedado pegado a los huesos. Cuando por fin salieron de la habitación, ella caminó unos pasos por delante y detrás venía Ethan Van Ness, cargando a Noah con un solo brazo, ajustándolo con cuidado para no tocarle la muñeca lastimada. El niño se veía contento, demasiado contento, y eso era lo único que le importaba a Amanda. Lo demás… lo demás era un incendio que todavía no sabía apagar. Ethan iba murmurándole cosas a Noah, bajito, como si el pasillo fuera un secreto de los dos. —Y entonces el tiranosaurio rex…
Leer más