Punto de vista de AdriánMe senté en el borde de la cama, mirando fijamente el suelo.Las manos no dejaban de temblarme, frotándome las palmas como si eso pudiera aliviar la culpa, el dolor.Pero no lo hacía. Nada ayudaba. El rostro de Catalina —pálido, vacío, destrozado— estaba grabado en mi mente.Cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba. Cada vez que intentaba respirar, la veía.Habían pasado dos días, pero se sentían como nada. La boda era mañana. Mi boda.Solté un aliento tembloroso, el pecho oprimido, como si alguien lo hubiera apretado en una prensa desde aquel día.El día en que me quedé ahí, como un cobarde, y dejé que la destrozaran. No lo detuve. No la salvé.Ni siquiera dije una maldita palabra. Aún podía oír a los reporteros, sus voces afiladas y crueles clavándose en ella, cada pregunta como un golpe directo a su ya frágil corazón.—Lo siento —murmuré, con la voz apenas audible, como si esas palabras significaran algo ahora. No lo hacían. No podían.Mis ojos se desviaro
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