El amanecer volvió a entrar en la mina sin miedo.No fue un amanecer ruidoso ni triunfal. No hubo sirenas, ni discursos, ni cámaras esperando captar el momento exacto de la redención. Fue uno de esos amaneceres que llegan despacio, como pidiendo permiso, filtrándose entre las estructuras metálicas, deslizándose por los rieles oxidados, rozando la tierra aún húmeda por el rocío de la madrugada. La mina despertaba distinta.Damián caminó por el patio principal con las manos en los bolsillos, el paso lento, observando cada detalle como si lo viera por primera vez. No porque no lo conociera, sino porque durante años lo había mirado con otros ojos: con los de la presión, el legado, la obediencia ciega. Ahora lo veía con responsabilidad… y con conciencia.Gabriela iba a su lado, con el casco bajo el brazo, el cabello recogido de forma sencilla. No llevaba joyas ni maquillaje elaborado. No lo necesitaba. Había algo nuevo en su postura, en su forma de caminar: una serenidad firme, construida
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