La medianoche en aquel motel no trajo descanso, solo una claridad brutal y dolorosa. El ventilador de techo seguía su ritmo monótono, cortando el aire pesado, mientras Anastasia miraba el techo descascarado."Debería estar en una celda", pensó con una honestidad que le escocía en el pecho. Sabía que, legalmente, ella era tan culpable como Graciela. Ella había sido la mano invisible, el código detrás del fraude, la mente que vaciaba las arcas de los Han mientras sonreía en las cenas de gala. Pero el destino —o quizás la extraña piedad de Adrián y Silas— la había arrojado a la calle en lugar de al calabozo.—No voy a desperdiciar esto —susurró para sí misma, y su voz ya no sonaba como la de una heredera, sino como la de una fugitiva.Anastasia se levantó y se miró en el espejo del baño, iluminado por una luz amarillenta y parpadeante. Detestaba lo que veía: la imagen de una mujer derrotada. Pero para sobrevivir, tenía que destruir esa imagen por completo.Tomó unas tijeras baratas que h
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