La oficina del Chef Jean-Pierre olía a espresso y especias caras. Sobre su escritorio de roble, el contrato descansaba como una declaración de guerra. Jean-Pierre se reclinó en su silla, observando a las dos mujeres a través del vapor de su taza. —El sabor es indiscutible —sentenció el Chef con su acento marcado—. Pero mi hotel no es una tienda de barrio. Si vamos a poner "Conservas Milena" en nuestras suites y en la línea de exportación a Curazao, necesito quinientos frascos semanales. Constantes. Perfectos. Idénticos. Milena, que hasta hace un segundo sonreía, sintió que el mundo se desinflaba. Se puso pálida, y sus manos, curtidas por el trabajo, empezaron a temblar sobre su regazo. —¿Qui... quinientos? —tartamudeó Milena—. Chef, yo... mi cocina solo tiene cuatro fogones. Pelar esa cantidad de fruta me tomaría meses. No tengo espacio, ni ollas, ni... ni vida para eso. Milena miró a Elena con ojos suplicantes, buscando una salida elegante para rechazar el sueño de su vida po
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