El sándwich desapareció. La manzana también. Alexander dejó el plato vacío sobre la mesa de centro, sintiendo el peso del alimento como un ancla que lo mantenía en el presente, en este sofá, lejos del acantilado emocional del día.Emma, exhausta por su propia narrativa épica del castillo, se había desplomado contra un cojín, sus párpados pesados. Olivia se levantó sin hacer ruido, la recogió con suavidad y la llevó a su habitación. Alexander escuchó el murmullo de su voz, un cuento breve y susurrado, luego el silencio.Regresó al salón y se sentó nuevamente, esta vez más cerca de él. No tocándolo, pero la distancia entre ellos en el sofá se había reducido a un espacio cargado de cosas no dichas.—¿Qué pasó? —preguntó al fin, su voz baja, neutral. No era una demanda, era una apertura.Alexander respiró. Miró sus manos, que aún parecían ajenas, las manos de alguien que había agitado papeles condenatorios horas antes.—Cayó —dijo, la palabra simple y final. —La evidencia era… innegable.
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