El apartamento de Olivia olía a pollo asado y hierbas, un aroma reconfortante que chocaba brutalmente con la energía cargada que Alexander traía consigo desde la calle. Al abrir la puerta, lo recibió el sonido de la televisión en el salón – algún programa infantil con colores brillantes y canciones alegres – y la voz de Emma canturreando desde la cocina.Olivia estaba de pie frente a la estufa, removiendo una salsa con movimientos precisos. Al oírlo entrar, no se volvió de inmediato. Su espalda, recta y tensa, le habló más que cualquier palabra.—Hola —dijo él, dejando las llaves en la mesita de entrada.—Hola —respondió ella, por fin volviéndose. Su rostro estaba sereno, pero sus ojos, esos ojos que él había aprendido a leer en los meses del contrato, estaban en alerta máxima. —Emma está terminando su dibujo. Cena en diez minutos.Alexander asintió, colgando su abrigo. Se acercó a la cocina, deteniéndose en el umbral, respetando un espacio que ya no era solo físico.—Olivia, necesita
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