A las 9:55 a.m., Alexander estaba de pie en el centro de su salón, revisando por tercera vez si todo estaba en orden. Había comprado un pequeño puff rojo para la habitación de Emma, colocado junto a la ventana redonda. En la cocina, había leche en la nevera y una caja de cereales infantiles en la encimera, por si acaso. El apartamento olía a café recién hecho y a limpieza, no a vida aún.El timbre sonó a las 10 en punto. Alexander abrió la puerta y allí estaban. Emma, con una mochila con forma de dinosaurio, saltando de impaciencia. Olivia, detrás de ella, con una expresión neutra, escrutando el pasillo con una rapidez profesional antes de asentir.—¡Papá! —gritó Emma, abalanzándose sobre sus piernas.—Hola, capitana —dijo Alexander, alzándola. Luego, miró a Olivia por encima de la cabeza de su hija. —Pasa.Olivia cruzó el umbral, sus ojos haciendo un rápido escaneo del espacio. Alexander notó cómo registraba los detalles: la luz, la distribución, la seguridad de las ventanas, la ause
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