El aire de los Alpes suizos era tan puro que ardía en los pulmones, una sensación que Valeria aceptaba como un recordatorio constante de que continuaba con vida, pese a que el hombre que amaba estaba lejos y, que su realidad era otra. En la ladera de una montaña, lejos de los radares y de la sombra de la Torre Volkov, la transformación de Valeria Montenegro en Violett Blum no era un simple cambio de nombre; era una reescritura de su ADN. El refugio, una villa de diseño minimalista con ventanales que daban al abismo, se había convertido en su centro de entrenamiento y en su escondite.Lyon no era el mismo hombre que vigilaba puertas en Manhattan. Aquí, bajo el cielo gélido, era un maestro implacable.—¡Concéntrate, Violett! El cansancio no es tu enemigo, tu miedo lo es —le gritó Lyon mientras el eco de los disparos retumbaba en el valle privado.Valeria bajó el arma, con los hombros ardiendo y los antebrazos cubiertos de moretones amarillentos y azules. Sus manos, que alguna vez fueron
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