Paolo soltó el aire con pesadez. Entornó sus ojos y observó la palidez en la cara de Cristina con un gesto de preocupación.—¿Te cansaste, pequeña?Cristina giró la cabeza con fastidio, dándole la espalda. Su pecho subía y bajaba con violencia, incapaz de recuperar el aliento, mientras sus piernas seguían temblando.Paolo la abrazó por la cintura desde atrás, aprisionando su cuerpo menudo entre sus piernas.—¿Te gustó? —preguntó, con un ligero temblor en la comisura de los labios—. ¿Estuvo rico?Cristina guardó silencio.¿Qué podía responder? Si decía que no, nadie le creería, porque su cuerpo había reaccionado. Si decía que sí, se traicionaría a sí misma; aquel encuentro no había sido consensual, él la había forzado.—Claro que te gustó —insistió Paolo con descaro—. ¿A poco no sentiste que tocabas el cielo?Ella no dijo nada.—El que calla otorga... Cristi, te gusta que sea rudo contigo, ¿no es así?Lo dijo con tal seriedad que Cristina no supo si reír o llorar.—Ya estás grandecito
Leer más