—Qué ganas tengo de comerte viva.
Paolo la miró con los ojos entrecerrados al ver su conflicto interno y sonrió con malicia.
Cristina reaccionó y protestó:
—¡Solo sabes tenderme trampas! Ayer dijiste que no harías nada malo.
—No hice nada malo, tú aceptaste ahorita. Ándale, vístete y no des lata. Vámonos a la casa —dijo Paolo dándole una nalgada.
Cristina lo empujó bruscamente.
—¡Qué pesado eres!
Paolo sonrió al verla hacer berrinches, estiró el brazo y la atrajo hacia él.
—Me encantas.
Cristina arrugó la frente, recargándose en su pecho con una risa exasperada.
—Nada más te la pasas molestándome...
Paolo se encogió de hombros, riendo por lo bajo, mientras con la mirada inspeccionaba su pecho.
—Si te molestara, no estarías tan tranquila aquí abrazada conmigo.
—¡Desde temprano estás viendo cómo llevarme a tu casa para hacer tus cochinadas!
—¿O prefieres aquí? Por mí está bien —Paolo alzó una ceja y puso la mano sobre su pecho, acariciándolo con familiaridad.
—Mm... ¡suéltame! ¡Estamos