Cristina notó la renuencia en los ojos de Paolo y levantó la mirada para enfrentarlo.—Si no quieres comer, no lo compremos.—Ya, ya, no te pongas difícil. Quiero comer, ¿contenta? ¡Cómpralo rápido! Mira qué hora es, ¡me muero de hambre!Paolo se frotó el estómago, vacío desde la mañana, con una expresión de queja idéntica a la de un niño insaciable. Ella sonrió, con una mueca divertida, y comenzó a burlarse de él.—Tú te lo buscaste, ¿quién te manda no comer lo que ya te había preparado?Paolo se mordió el labio y soltó un murmullo bajo.—Date prisa.—¡Ya sabía yo que no tendrías paciencia para acompañarme al súper!Paolo la observó mientras elegía con cuidado cada pieza de carne, como una pequeña ama de casa, y no pudo evitar sonreír.—Muchachita, no te dejes engañar por tu estatura, tienes madera para el hogar.Cristina seguía escogiendo la carne, pero giró la cabeza para fulminarlo con la mirada.—¡Deja de decir tonterías!Paolo giró la cabeza para preguntarle.—¿Ya terminamos de
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