Él la sostuvo con firmeza mientras caminaba hacia la entrada del supermercado.
—¡Sinvergüenza! —Hizo una mueca y giró la cara, apretando los dientes.
—Qué modales. Deberías agradecerme. Si no fuera por mí, no irías tan cómoda aquí arriba. —Paolo la estrechó con fuerza, sintiéndose feliz.
—¡Tú fuiste el que me cargó, no me gusta! Bájame, todo el mundo nos está viendo.
Cristina echó un vistazo rápido y notó que varias parejas coreanas los miraban con curiosidad. Escondió la cara en el pecho de él.
—Me da igual. Aquí nadie me conoce. —Sonrió con malicia al verla acurrucada.
—¡A mí sí! Bájame ya, por favor, ¡rápido! —suplicó ella con honestidad, sin atreverse a levantar la cabeza. Si se topaba con algún colega, se moriría de la vergüenza.
Al ver su cara de angustia, Paolo sonrió. Al llegar a la puerta, la bajó, le acomodó el pelo revuelto y le tocó la punta de la nariz, inclinándose hacia ella.
—¿Estás a gusto?
—¡No! —contestó ella sin dudar.
Resopló, se aflojó el nudo de la corbata con f