Ciro se detuvo en seco. Su mirada ardía mientras observaba el cuerpo inmóvil de Cristina. Sentía cómo el peso de la mano de Paolo en su cintura aumentaba, volviéndose opresivo.
—Estoy trabajando.
—¡No me hables así! —la interrumpió Ciro con un tono desagradable.
—Te juro que estoy trabajando, voy a casa en cuanto termine... —Cristina levantó la mirada con temor hacia su amigo. Asumió que la obvia ira de él nacía del miedo a que el otro sujeto la lastimara de nuevo.
Ciro guardó silencio.
—Tranquilo, es un cliente. Yo... sé cuidarme sola, me iré a casa al salir... —Cristina trató de zafarse un poco, haciéndole señas desesperadas a Paolo con los ojos para que dejara de molestar y la soltara.
Al escucharla, la luz en los ojos de Paolo se apagó. ¿Qué diablos significaba eso de "saber cuidarse sola"? ¿Pensaba que iba a maltratarla?
La irritación creció dentro de él sin tener por dónde escapar. La mujer bajo su brazo no dejaba de retorcerse para librarse de su control. Una idea perversa cruz