Cristina notó la renuencia en los ojos de Paolo y levantó la mirada para enfrentarlo.
—Si no quieres comer, no lo compremos.
—Ya, ya, no te pongas difícil. Quiero comer, ¿contenta? ¡Cómpralo rápido! Mira qué hora es, ¡me muero de hambre!
Paolo se frotó el estómago, vacío desde la mañana, con una expresión de queja idéntica a la de un niño insaciable. Ella sonrió, con una mueca divertida, y comenzó a burlarse de él.
—Tú te lo buscaste, ¿quién te manda no comer lo que ya te había preparado?
Paolo