Xylos sintió el pulso de su miembro en la mano de Vecka, un latido que resonaba con el suyo propio, como si sus cuerpos ya supieran lo que sus mentes apenas empezaban a procesar. —No te callaré —gruñó él, su voz ronca, cargada de promesas oscuras—. Pero te haré gritar.Sus labios se apoderaron de los suyos en un beso voraz, sus dientes rozando el labio inferior de Vecka, tirando con suficiente fuerza para hacerla jadear, ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Xylos, marcándolo como él la marcaba a ella. El placer de su dominación la inundaba, un torrente que la hacía sentir viva, deseada, completa. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro del alfa, tirando para guiarlo hacia su cuello, donde su pulso latía con fuerza. “Tómame”, pensó ella, y aunque no lo dijo en voz alta, Xylos lo oyó en su mente, a través del vínculo que los unía.Él descendió, sus besos dejando un rastro de fuego sobre su clavícula, sus pechos. Sus manos, grandes y callosas, exploraro
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