Clara no recordaba en qué momento exacto dejó de intentar obedecer a Evelyn y empezó a seguir únicamente la urgencia que le latía en las venas. Solo sabía que, desde que vio a esa mujer junto a ella en el pasillo —esa chica de rostro suave, mirada limpia y mano instintivamente apoyada en el vientre— algo había cambiado. La idea de “dar espacio” ya no era solo absurda: era un insulto. ¿Cómo iba a darle espacio a un hombre que claramente ya había llenado el vacío que ella intentaba conservar? ¿Cómo iba a quedarse en su casa fingiendo calma mientras otra se acomodaba en el lugar que Clara creía que le correspondía? No. No podía. No sabía. No quería. Y en su mente, negarse ya no era opción: era supervivencia.Esa noche casi no durmió, pero no por llanto, sino por estrategia. Sus pensamientos eran una serie de imágenes desordenadas: el rostro de Marcus serio, la boca de Evelyn mintiendo, la risa suave de la otra mujer, la mano sobre el vientre, el ascensor, el pasillo, la puerta cerrándose
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