Marcus llevaba semanas observando a Clara con una sospecha silenciosa que él mismo intentaba ignorar. Al principio creyó que eran ideas suyas, resabios del coma, la confusión típica de alguien que intenta rearmar su identidad desde cero. Pero los detalles iban sumándose, uno tras otro, hasta formar un patrón imposible de ignorar. Clara decía amar a los gemelos. Lo repetía frente al personal médico, frente a los vecinos, frente a Marcus. Usaba palabras grandes, cargadas de sentimiento, diciendo que esos niños eran su vida, que había sufrido su ausencia, que había rezado por su nacimiento. Pero sus actos… sus actos gritaban otra historia.No los cargaba. Nunca. Siempre tenía excusas: dolor de espalda, cansancio, uñas recién pintadas, “y si se me cae”, “y si llora”. Cuando uno de los bebés lloraba, Clara no iba hacia él; esperaba a que Marcus reaccionara. Cuando Marcus pedía que lo acompañara a cambiar
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