El portal los tragó sin aviso y los vomitó en un torbellino de luz y sombras que no pertenecían ni al cielo… ni al infierno. Liyeth cayó de pie, sus alas abiertas, respirando fuerte. Jaik cayó de rodillas, jadeando, temblando… porque ya no estaba solo dentro de sí. Su yo demoníaco —el príncipe del infierno— emergió frente a ellos. No como una sombra. No como un reflejo. Como un ser completo, separado de Jaik, liberado por la fractura del portal. Tenía los mismos ojos… pero llenos de hambre, de lujuria, de deseo perverso. La misma voz… pero arrastrada, seductora, corrupta. Me miró con deseo profundo, con malicia sexual. —Finalmente me permiten respirar —dijo su versión infernal—. El niño humano ya no puede contenerme. Me guiño el ojo con evidente instinto animal. Jaik retrocedió, horrorizado. —¿Ese… ese soy yo? —Eras —respondió Liyeth, poniéndose entre ellos, su luz vibrando—. No permitiré que te reclame. La sonrisa del príncipe demoníaco fue un filo. —Oh, mi ángel …
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