El vuelo a Svalbard duró nueve horas y veintisiete minutos.Tamara los pasó todos despierta.No porque no pudiera dormir, sino porque el hilo que la conectaba con Valentina había comenzado a cambiar. Ya no era el silencio quieto de las primeras horas después del bombardeo. Era algo más activo, más turbulento, como escuchar una conversación en una habitación contigua donde demasiadas voces hablaban al mismo tiempo y ninguna conseguía imponerse completamente sobre las demás.Damián dormía en el asiento a su derecha, su respiración profunda y regular, aunque incluso dormido su mano buscaba la de ella con un instinto que llevaba meses cultivando. A su izquierda, Ethan miraba por la ventanilla la oscuridad del Ártico, y Tamara sabía que tampoco dormía porque podía sentirlo a través del vínculo, ese estado de vigilancia alerta que Ethan mantenía incluso cuando aparentemente descansaba.Gabriel dormía en los asientos traseros. Mei no dormía. Mei nunca dormía cuando tenía datos que procesar.E
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