La imagen del joven en la pantalla no parpadeaba. No mostraba la interferencia estática habitual de las transmisiones encriptadas de emergencia. Era perfectamente nítida, perfectamente estable, como si quien la enviaba tuviera acceso a una infraestructura de comunicaciones que debería haber sido destruida meses atrás.—Adrián murió —dijo Gabriel desde el umbral, su voz completamente plana—. Lo vimos. El bombardeo orbital confirmó la eliminación.—Confirmó la eliminación de doscientas cuarenta y nueve absorciones y siete tenientes —respondió el joven en la pantalla sin alzar la voz—. Lo que había dentro de esas absorciones es otra cuestión.Tamara se acercó un paso. Estudiaba el rostro en la pantalla con la misma intensidad con la que había aprendido a leer los datos de Mei, buscando inconsistencias, señales de falsificación, cualquier cosa que justificara ignorar lo que sus instintos le decían.Sus instintos le decían que este chico no mentía.Lo cual era, en cierta forma, más aterrado
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