El vuelo a Svalbard duró nueve horas y veintisiete minutos.
Tamara los pasó todos despierta.
No porque no pudiera dormir, sino porque el hilo que la conectaba con Valentina había comenzado a cambiar. Ya no era el silencio quieto de las primeras horas después del bombardeo. Era algo más activo, más turbulento, como escuchar una conversación en una habitación contigua donde demasiadas voces hablaban al mismo tiempo y ninguna conseguía imponerse completamente sobre las demás.
Damián dormía en el as