La cavidad bajo Svalbard tenía una acústica extraña. Las palabras no rebotaban como en las cuevas naturales sino que se absorbían parcialmente, como si el material de las paredes construidas por doscientas veinticinco mentes tuviera la capacidad de retener el sonido durante un momento antes de dejarlo ir. El efecto era que cada silencio entre frases duraba ligeramente más de lo esperado, dando a las conversaciones un peso que iba más allá del contenido de las palabras.
Tamara necesitaba ese peso