Sus labios se separaron de los de Adhara con un sonido húmedo y doloroso.
Respiraba con dificultad, sus manos seguían en su cintura y sus dedos se mantuvieron clavados en la tela de su vestido pero ya no la apretaban contra él.
De hecho, ahora la sujetaban con una fuerza temblorosa, como si tocarla fuera sagrado.
Adhara jadeó contra su boca, sus labios estaban hinchados y enrojecidos, sus ojos estaban muy abiertos y brillantes por la mezcla de deseo y confusión.
Su cuerpo todavía estaba eriz