El día de la declaración llegó sin anuncios dramáticos. No hubo tormentas ni titulares anticipados. Solo una mañana limpia, casi indiferente, como si el mundo se negara a reconocer la gravedad de lo que estaba a punto de ocurrir. Me desperté antes de que sonara la alarma, con el cuerpo tenso y la mente extrañamente clara.Me vestí con cuidado, eligiendo ropa sobria, cómoda, sin intención de enviar mensajes ocultos. No quería parecer fuerte ni frágil. Solo quería ser exacta. Antes de salir, me miré un instante en el espejo. No buscaba aprobación. Solo confirmar que seguía ahí, entera, a pesar de todo.El trayecto hasta el edificio fue silencioso. En el coche, observé cómo la ciudad despertaba con su rutina habitual: cafeterías abriendo, personas apuradas mirando el reloj, autobuses llenándose. Nadie sabía que, para mí, ese día marcaba un punto irreversible. Y, curiosamente, esa normalidad me sostuvo.Al llegar, Gavin ya me esperaba. No sonrió. Tampoco hizo falta. Caminamos juntos por e
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