La mañana siguiente llegó con una calma engañosa. El tipo de silencio que precede a una tormenta, cuando todo parece inmóvil pero el aire ya está cargado. Me desperté antes de que sonara la alarma, con esa lucidez incómoda que aparece cuando sabes que algo irreversible está a punto de suceder.
No revisé el teléfono de inmediato. Me permití unos minutos para simplemente respirar, para recordar quién era y por qué había decidido cruzar esta línea. El miedo seguía ahí, claro, pero ya no dictaba mi