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La mañana siguiente no trajo alivio, sino una certeza más pesada. No había vuelta atrás, y el cuerpo lo sabía antes que la mente. Me desperté con los músculos tensos, como si hubiera pasado la noche entera sosteniendo algo frágil entre las manos. Afuera, la lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto, gris, bajo, cargado de una amenaza silenciosa.

Me quedé unos minutos mirando el techo, escuchando mi propia respiración. Cada inhalación era profunda, consciente. No por calma, sino por nec
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