El trayecto de regreso desde el río se me hizo más largo de lo habitual. No porque la distancia hubiera cambiado, sino porque cada paso parecía cargado de una atención nueva. Escuchaba mis propios zapatos contra el pavimento, el murmullo del tráfico, el roce del viento entre los árboles. Todo estaba ahí, tangible, como si el mundo insistiera en recordarme que seguía viva, que seguía formando parte de él a pesar de todo.
Al llegar al apartamento, revisé el buzón por costumbre. Vacío. Subí las es