CUATRO AÑOS DESPUÉS:El sol de mediodía caía implacable sobre el claro de entrenamiento, levantando polvo con cada impacto. Lana se mantenía en la sombra de los pinos con los brazos cruzados, con el corazón latiendo en una mezcla de orgullo y algo muy parecido al temor que no podía evitar sentir porque ese día por primera vez, no eran guerreros adultos los que pisaban la tierra compacta. Eran Samuel y Sarah, sus mellizos de cuatro años y medio, de cabello oscuro revuelto, ojos verdes idénticos a los de su padre y una energía que parecía desbordar sus pequeños cuerpos.Ella trató de contener el nudo de ansiedad que le apretaba el estómago.Eryx estaba en el centro, de pie, imponente, con los brazos cruzados a su vez. Vestía solo unos pantalones de entrenamiento, el torso desnudo marcado por cicatrices antiguas y su expresión era dura, casi severa.—Samuel, Sarah. Acérquense —ordenó con voz grave—. Hoy empiezan de verdad, nada de juegos, si quieren ser fuertes, tienen que aprender a reci
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