Dasha alzó la vista, Lukyan apartó por primera vez la mirada de la ventana, Nurbia, quien se había quedado y que estaba sentada junto a la cabecera de Dima, sosteniéndole la mano, se irguió un poco, y los señores Oslo, se tensaron más que listos y dispuestos a acatar cualquier orden de Vladimir, y en esta ocasión no por ser el líder, sino porque ellos también querían venganza en nombre de su hija.Lev sin embargo, solo le sostuvo la mirada, mientras espera su respuesta, conocía demasiado bien a Vladimir, era su mano derecha, su sombra, su conciencia práctica, sabía que ese silencio rígido, esa quietud de estatua, no eran señal de calma, sino todo lo contrario, porque cuando Vladimir alzaba la voz, cuando rompía cosas, cuando amenazaba a quienes lo rodeaban, se le podía razonar, apaciguar, incluso distraer.Pero cuando se quedaba así, clavado en un rincón, mirando sin pestañear, la ira no era un incendio descontrolado, más bien era lava debajo de la corteza.—Prepara a todos. —dijo Vla
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