Dima permanecía inconsciente.
Los monitores marcaban un pulso estable, la respiración asistida avanzaba con calma, los médicos habían repetido ya tres veces que estaba fuera de peligro, aunque eso poco importaba, porque sus ojos seguían cerrados, la piel demasiado pálida, las manos inmóviles sobre las sábanas, y para Vladimir, mientras su hermano no abriera los ojos, todo diagnóstico era una mentira piadosa.
A un lado, en la camilla contigua, Lucya descansaba también bajo el efecto del sedante,