Vladimir empujó la puerta de su recámara con suavidad, casi con cautela, como si temiera que un movimiento brusco pudiera quebrar algo más que el silencio.
Lucya estaba sentada en la cama, recostada contra el cabecero, la mirada perdida en algún punto de la pared, ya no estaban en aquel departamento de la ciudad donde, entre persecuciones y discusiones, se había sellado sin palabras el lazo que los unía, ahora estaban en la mansión Neizan, en la habitación que compartían por siempre, o al menos