La noche finalmente llegó, y Lucya no hizo más preguntas a lo largo del día, porque algo en su interior le decía que no merecía la pena indagar demasiado en aquello que, tarde o temprano, vería con sus propios ojos, porque preguntar no la prepararía realmente, por lo que, imitando a Vladimir, se puso un conjunto deportivo cómodo, se recogió el cabello, respiró hondo y, en completo silencio, subió a la camioneta del Zar de Rusia, tratado de disfrutar del trayecto, que no fue largo, pero tampoco corto.Observo en silencio el rumor de los motores, el murmullo lejano de otros vehículos, la oscuridad de la noche interrumpida por faros de vez en cuando… todo aquello se mezcló con un recuerdo borroso que, de pronto, emergió desde lo más hondo de la memoria de Lucya.Una mano grande sosteniéndola, una multitud, y la sensación de estar en un lugar enorme, circular, lleno de voces, de gritos, de algo que, en ese entonces, su mente de niña no terminaba de entender.Hasta que finalmente el vehícu
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