Vanka volvió a ajustar la mira, milímetro a milímetro, deslizándola de un extremo al otro del edificio, escudriñando cada rincón visible, cada sombra, cada resplandor de luz que se reflejaba en los vidrios sucios.Quiso poder ver a través de las paredes, o en su defecto, arrancarlas con la mirada, pero claro que no podía, al menos tenía los enormes ventanales, y por ellos se colaba como un fantasma, revisando sala tras sala, hasta que, de pronto, la vio.Su niña.Su Lucya.El alivio le atravesó el pecho como una ráfaga caliente, pero duró lo que un parpadeo, porque apenas ubicó el sector exacto del viejo hotel abandonado donde estaba su hija, el alivio se convirtió en hielo, estaba demasiado expuesta.Entonces tomó la radio al instante.—Alto. La tengo en la mira, Aleksander, detente.Su voz salió firme, sin temblor, solo una orden directa, porque sabía que su esposo obedecía las órdenes claras, cortas, sin espacio para dudas.Llevaban demasiados años trabajando hombro con hombro, com
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