El teléfono sonó pronto.Era la Abuela Muñoz.—Leonel —su voz, aunque firme, tenía un leve temblor—, la abuela quiere hablar contigo de un asunto importante.—Dígame, abuela —respondió él con la misma serenidad de siempre, esa calma que nadie lograba alterar.—Quiero traer de vuelta a Alberto… —dijo ella, titubeando un poco—.Leonel, lo que te prometí lo cumpliré. Tú eres el heredero legítimo del Familiar Muñoz, y eso no cambiará jamás. Nadie puede amenazar tu posición.Había en su tono una mezcla de cariño y precaución.A veces, aquel nieto le recordaba demasiado a su difunto esposo: la misma mirada fría, la misma forma implacable de dominar un tablero.Leonel fingió sorpresa.—¿Por qué, abuela? Durante todos estos años, la familia se ha hecho cargo de él y de su madre. No creo que les haya faltado nada.—La abuela ya está vieja, hijo.Me gustaría tener a alguien más cerca —respondió ella con suavidad, bajando la guardia—.Escucha, Leonel: cuando el hijo de Silvina nazca, transferiré
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