Sofía Reyes llegó sin llamar, lo cual era, en sí mismo, una declaración.No era el protocolo habitual. Antes, las sesiones ocurrían en el consultorio del piso diecinueve, ese espacio cuidadosamente construido con paredes beige y sofás de cuero caramelo que olía a algo entre lavanda y neutralidad calculada. Ahora la doctora estaba al otro lado de la puerta del apartamento del piso once, con un maletín de cuero negro y esa expresión que Cassandra había aprendido a leer durante meses de sesiones: deliberada, medida, sin concesiones innecesarias a la cordialidad.—Visitas domiciliarias —dijo Sofía cuando Cassandra abrió la puerta—. Orden de Damián. Supongo que ya lo sabías.—Me lo comunicaron ayer —respondió Cassandra, haciéndose a un lado para dejarla pasar.No era una invitación cálida. Era el reconocimi
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