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Las dos semanas transcurrieron con esa lentitud particular de los períodos de convalecencia, cuando el cuerpo exige quietud y la mente se niega a concedérsela.

Cassandra llevaba el conteo con la precisión metódica que le había dado años de formación médica: catorce días desde que la sacaron del quirófano del piso veintitrés. Dieciséis desde que escuchó el primer llanto de Amélie —breve, indignado, sorprendentemente vigoroso para una bebé de treinta y cuatro semanas— antes de que se la llevaran
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