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La maestra Señora Martínez tenía la costumbre de esperar en la puerta del Instituto con los niños alineados, cada uno con su mochila al frente y las manos ocupadas en algo: un dibujo, un juguete pequeño, la manga del abrigo de algún compañero. Alessandro siempre esperaba distinto. Esperaba quieto, con las manos libres, mirando hacia el aparcamiento con esa concentración que los adultos del Instituto habían aprendido a respetar. No

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