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La semana treinta y cuatro llegó puntual, como llegan las cosas que uno ha estado temiendo durante demasiado tiempo.

Cassandra lo supo antes de que la doctora Salazar entrara a la habitación del piso veintitrés. Lo supo por el modo en que la enfermera de turno preparó la carpeta de formularios con esa eficiencia particular que precede a los procedimientos programados, y por el silencio distinto de esa mañana, un silencio que no era reposo sino expecta

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