Mariana StuartHabían pasado muchos años, pero aún recordaba cada detalle de la mansión Ábrego. Era elegante, sí, aunque de una elegancia cálida, acogedora; de esa que, sin saber por qué, me hacía pensar en mi hogar en México. Aunque era muy pequeña cuando salimos de allí de un día para otro rumbo a Estados Unidos, los recuerdos se negaban a desaparecer y seguían vivos en algún rincón de mi memoria.Desde entonces había transcurrido una vida entera. La familia de Denn nos cobijó como si fuéramos parte de ellos; jamás hicieron diferencias, jamás nos hicieron sentir ajenos. En mi mente regresan imágenes sueltas: yo corriendo por los pasillos interminables, riendo sin control, desbordada de energía. Mi madre solía decir que parecía un cabrito histérico, siempre inquieta, siempre en movimiento.Era todo lo contrario a mi hermano Marcelo. A pesar de ser mellizos, éramos profundamente distintos. Él, reservado, observador, cuidadoso incluso con sus propias emociones; yo, impulsiva, incapaz d
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