Denn Stuart Al llegar a mi departamento, la inconformidad sigue latiendo en mi pecho. Me habría gustado quedarme a su lado un poco más, aferrarme a ese instante, pero sé que si presiono a Mariana lo más probable es que termine mandándome al diablo. Me dejo caer sobre la cama, con el dorso descubierto, y coloco un brazo sobre mis ojos, como si así pudiera ocultarme del mundo. Le permito a mis emociones tomar el control, invadirme sin resistencia. Si mi madre me viera ahora, con la serenidad firme de la excelente psicóloga que es, me pediría que no las contuviera, que dejara fluir cada una de las sensaciones que me atormentan. Casi puedo escuchar la voz de doña Catalina, suave pero decidida, recordándome que está bien sufrir por amor, siempre y cuando tenga la valentía de enfrentarlo… y la fuerza necesaria para seguir luchando. Mi madre me enseñó a ser fuerte cuando apenas era un niño. A los cuatro años tuve que enfrentar situaciones demasiado duras para alguien de mi edad. En ese en
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