Los cambios físicos y mágicos de Hespéride se volvieron evidentes a medida que el embarazo avanzaba. Su magia fluctuaba como un río que reformaba su cauce; no disminuía, pero sí adoptaba un ritmo distinto, más ondulante, más pulso que explosión. Sus marcas púrpuras se volvían más brillantes, especialmente cuando anochecía. Algunas se extendían ligeramente por su abdomen, formando líneas que parecían raíces luminosas entrelazándose, como si el bebé respondiera a su propio linaje mágico.Su energía, lejos de debilitarse, tomaba una tonalidad cálida que envolvía a quienes la rodeaban. Horus notó que cada vez que entraba en contacto con ella, ya fuera al sostener su mano o al abrazarla, sentía una oleada de paz que desaceleraba su mente. Su don del tiempo, que tanto lo castigaba, encontraba descanso junto a la presencia transformada de su esposa. Los dolores en sus ojos se volvían más tenues cuando ella estaba cerca; el mareo desaparecía. Era como si la magia del hijo que esperaban tejier
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