463. La intimidad como campo de batalla.
No abandono el recinto con la sensación de haber cerrado un capítulo, sino con la certeza incómoda de haber abierto demasiados a la vez, porque cuando una fuerza aprende tu nombre y aun así decide pronunciarlo sin respeto, no busca diálogo ni sometimiento inmediato, sino algo más peligroso: acostumbrarte a su cercanía, y mientras avanzo junto a Saelith por pasillos que ya no intentan disimular su vigilancia, percibo cómo la tercera fuerza reconfigura el entorno para volverlo hospitalario, casi acogedor, como si el verdadero ataque consistiera en disolver mis bordes sin que me diera cuenta. Aeshkar permanece en silencio, pero no es una ausencia, es una concentración extrema, un repliegue tenso que se siente en la base de la espalda, en la forma en que la respiración se vuelve más profunda, más deliberada, y esa contención despierta en mí una excitación lúcida, una sensualidad sin objeto inmediato que no pide descarga, sino atención sostenida, porque hay placeres que solo emergen cuand
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