La puerta del departamento se cerró con un clic suave, casi tímido, como si hasta el aire tuviera miedo de romper el frágil silencio que había quedado entre ellos. Afuera, el sol de la tarde se filtraba por la ventana en rayos dorados que parecían burlarse de la escena: habían ganado. Alberto estaba libre. Y sin embargo, el aire pesaba como plomo, denso de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.Ana dejó las llaves sobre la mesa y se giró hacia él con una sonrisa que aún temblaba de alivio, frágil como cristal recién soplado.—Se acabó —susurró, dando un paso hacia él para abrazarlo—. Por fin podemos…Alberto no se movió. Se quedó de pie en medio de la sala, manos hundidas en los bolsillos, mirada fija en el suelo. La venda del costado se marcaba bajo la camiseta limpia que le habían dado en el juzgado. Parecía más pequeño, más lejano, como si ya hubiera empezado a alejarse antes de pronunciar una sola palabra.—Ana —dijo, y su voz fue una grieta que se abrió en
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