Él la levantó en brazos, sus labios fundidos en un beso que era a la vez un ruego y una admisión. La rabia de no poder conectar con Gael, el alivio de ver a Sarah lograrlo, y la punzada de celos, todo se resolvió en la urgencia de su toque.Gabriel la llevó sin aliento, cerrando la puerta del dormitorio con el pie. La tiró sobre la cama, sin delicadeza, y la siguió, atrapándola bajo su cuerpo.—Te amo —gruñó Gabriel, la frase escapó como una confesión forzada, y su rendición final—. Te amo, Sarah, y te necesito.—No. No me ames... —dijo Sarah, su voz rota por la emoción y el deseo, luchando una última batalla inútil—. Solo... solo déjame ser tu escape.—¡No eres mi maldito escape! —rugió Gabriel, y el sonido fue amortiguado por sus labios al capturar los de ella de nuevo. Su beso fue una posesión total y brutal en su necesidad.Las manos de Gabriel no tuvieron paciencia. Arrancó la chaqueta de Sarah, la blusa, el sostén, dejando caer las telas caras al suelo. Ella respondió con la mi
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