Con esa forma tan suya de declararse, tan mandón, el corazón de Raina dio un vuelco, pero no dio su brazo a torcer.—Ay, señor Herrera, ese nivel de posesividad ya es de tratamiento. Debería hacérselo ver.Iván soltó una carcajada ronca. —Entonces eres mi medicina.Raina sintió que la cara le ardía y lo empujó suavemente para que le diera espacio. —No empieces con tus cursilerías.Él no se molestó... se limitó a clavarle la mirada, una de esas que parece que te leen el alma. —Raina, ya no tienes para dónde hacerte.Ella volteó a otro lado para que él no viera su reacción, pero no pudo evitar la sonrisa. Desde el día en que aceptó lo suyo, ni loca pensó en salir huyendo.***Mientras tanto, la madrugada caía pesada sobre la Delegación de Policía de Lureña.Noel seguía detenido mientras sus abogados trataban de desenredar el papeleo.Afuera, en la banqueta, Félix caminaba de un lado a otro con los nervios de punta. Un Maybach negro se estacionó frente a él y, al bajar el vidrio, ahí
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