El tronido de la cachetada dejó a Lorena muda. Se llevó la mano a la mejilla, con los ojos pelados del susto, mientras un silencio pesado caía sobre todo el salón.—Tú... ¿te atreviste a pegarme?—Ay, perdona, se me soltó la mano —respondió Raina, sacudiéndose la muñeca con un cinismo impresionante—. Ya sabes que como no tengo clase, a veces se me olvidan los buenos modales.—¡Gata asquerosa! —chilló Diana, yéndosele encima con las uñas por delante.Raina se quitó justo a tiempo, con una agilidad envidiable. Diana, que iba con todo el impulso, terminó estampada contra un mesero que pasaba. La bandeja voló por los aires y el vino tinto la bañó de pies a cabeza.—¡Ahhh! ¡Mi vestido! —gritó Diana, empapada y hecha una fiera.El escándalo hizo que medio salón se diera la vuelta. Diana, fuera de sí, señaló a Raina con el dedo tembloroso: —¡Seguridad! ¡Saquen a esta loca de aquí ahora mismo!Lorena, con la cara roja de rabia, escupió: —¡Raina! ¿Tú crees que sigues siendo la señora Herrera
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