Entre lo propio y lo ajeno IEsa tarde, cuando regresó al cuarto de Charlotte, Ana permaneció un largo rato observando el lugar. Había algo extraño en la quietud de la habitación: las mantas revueltas, el abrigo colgado en una silla, los frascos y perfumes desperdigados sobre una cómoda. Todo hablaba de una vida ocupada, cálida, llena de movimiento. La suya, en cambio, se reducía a una bolsa doblada en el rincón y a las ropas nuevas que Dima había mandado preparar.Se sentó al borde de la cama, dejando que sus manos recorrieran la textura de la manta. Era suave, de lana gruesa, y aún conservaba el calor del fuego que encendían en las noches. Miró alrededor, buscando con la vista algo que le perteneciera verdaderamente. No lo encontró. Sus cosas habían quedado atrás, dispersas en algún punto del bosque o entre los restos de Stone Valley. La mayoría carecían de valor, pero había pequeños detalles que ahora le pesaban en el pecho: una piedra pulida y pintada por ella que solía usar par
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