Bajo la bendición de la Luna II
El amanecer los encontró ya en marcha. El sendero de regreso a Imperial se abría entre montículos cubiertos de nieve vieja, donde las huellas de animales se cruzaban con las marcas de las botas de Mohan. Ana caminaba detrás de él, envuelta en silencio, aún con el recuerdo de las aguas termales sobre la piel.
El sol apenas filtraba su luz entre los árboles, tiñendo de cobre las ramas más altas. Nadie había hablado desde que partieron; no hacía falta. Mohan era un hombre que entendía el valor de la quietud, y Ana agradecía eso. Después de todo, su mente todavía giraba en torno a lo que había soñado, a las imágenes que la perseguían incluso despierta.
A medida que el terreno se hacía más llano, comenzaron a oírse los sonidos familiares del valle: el golpeteo de martillos lejanos, el murmullo de las corrientes que corrían bajo el hielo.
Ana respiró hondo. A pesar de todo, aquella sensación —la del regreso— se sentía extrañamente cálida.
-Casi llegamos. -Di