Entre lo propio y lo ajeno I
Esa tarde, cuando regresó al cuarto de Charlotte, Ana permaneció un largo rato observando el lugar. Había algo extraño en la quietud de la habitación: las mantas revueltas, el abrigo colgado en una silla, los frascos y perfumes desperdigados sobre una cómoda. Todo hablaba de una vida ocupada, cálida, llena de movimiento.
La suya, en cambio, se reducía a una bolsa doblada en el rincón y a las ropas nuevas que Dima había mandado preparar.
Se sentó al borde de la cama,